No, no, no estamos hablando de derechos de propiedad intelectual, ni del mancillado honor de los autores que cuelgan trabajos en Internet y ávidos internautas sin escrúpulos les plagian. Estamos hablando de algo mucho más serio: ¿Se pondría usted en manos de un cirujano que se ha pasado toda la carrera plagiando sus trabajos de otros encontrados en Internet?

Según el Centro por la Integridad Académica (institución norteamericana encargada de velar por la integridad de los estudiantes como forma de combatir las múltiples formas de fraude académico) 4 de cada 10 universitarios norteamericanos ha realizado para un trabajo alguna forma de plagio de otro existente en Internet. Esta cifra se ha incrementado desde el 10% en 1999 hasta el 40% en 2005. Y baja es esta cifra si se tiene en cuenta que el 77% de los universitarios de aquel país no considera el plagio como algo negativo. Si nos vamos a los institutos, la cosa está peor: el 60% en los públicos y algo menos del 50% en los privados reconoce haber realizado algún tipo de plagio a través de Internet.

En España no existen estudios similares (o al menos no los conozco) pero la situación no será mucho mejor, ya que en nuestro país, de un tiempo a esta parte, la educación ha entrado en una fase de decadencia lamentable: ya no se premia al que se esfuerza, sino que se recompensa al mal estudiante (ya no se pueden poner “ceros” porque estigmatiza…), se integra inmigrantes por edad y se sigue permitiendo a los alumnos pasar de curso sin haber aprobado las asignaturas.

Atrás han quedado los tiempos en los que los estudiantes pasábamos horas y horas en las bibliotecas sumergidos entre pesados tomos de enciclopedia y libros de miles de páginas para realizar nuestros trabajos. Ahora todo está a golpe de un “clic”, y gracias a Google, encontrar la información que necesitamos puede llevarnos tan sólo unos minutos. Pero también nos pone en bandeja el copiar trabajos enteros sin apenas leerlos.

Este podría ser un nuevo argumento para los críticos de Internet, pero de la misma forma que defendemos a la Red en el caso de la mal llamada “piratería musical”, también lo vamos a hacer en el caso de los malos estudiantes: el problema no es la Red, sino el modelo.

En el caso de la música o las películas, el modelo de las discográficas y productoras ha quedado obsoleto y pretenden, a golpe de decretazo y amenazas, seguir imponiendo su arcaico modelo de negocio. Allá ellos, pero no va a triunfar.

Y con el modelo educacional, tres cuartos de lo mismo: si sabes que algo que vas a mandar como trabajo a casa, lo pueden plagiar de Internet, pues no lo mandes. Es decir, cambia el modelo. Es la sociedad quién se tiene que adaptar al progreso, y no al revés.

No tengo respuesta para este problema planteado, problema que, este sí (y no el de la música), puede representar un riesgo en el futuro, ya que esos “licenciados e ingenieros tramposos” pueden acabar diseñando o manipulando sistemas de los que depende la vida de otras personas. Pero alguien de los que mandan debería planteárselo.

De momento los del Centro por la Integridad Académica parece que han apelado a la integridad y a la ética de los estudiantes, y parece que les ha dado buen resultado, pero no deja de ser atrasar una muerte anunciada. Es el momento de cambiar el modelo educacional. La Red ofrece oportunidades espectaculares para la formación de nuestros estudiantes. ¿Por qué no aprovecharlas?