Nuestra oposición al programa Galileo ha quedado de manifiesto desde el primer momento en numerosos artículos. El planteamiento que la burocracia europea hizo del programa lo condenó desde el principio, y han tenido que ser los propios burócratas europeos quienes lo salvaran in-extremis vía talonario. El planteamiento “pacifista” del programa provocó risas en medio planeta y vergüenza en el propio continente.

Desde las instancias europeas se ha hecho gala de que Galileo sería un sistema “totalmente civil”, en contraposición al sistema GPS americano que es militar (aunque de muy amplio uso en el mundo civil), como si ello fuera un motivo de orgullo. Pero no sólo eso, sino que además los burócratas de la Comisión Europea tuvieron la osadía de humillar y denostar a los Ministerios de Defensa de los países de la Unión, despreciando su colaboración en la financiación del programa y negándose rotundamente a incluir requisitos para necesidades militares dentro del sistema.

Esta decisión de los burócratas europeos, que creen que la posición respecto a EEUU debe ser enfrentamiento y no colaboración, y que debemos hacer siempre lo contrario que ellos para que no se nos confunda con ellos (como si aquí pudiéramos estar orgullosos de muchas cosas), ha llevado al programa Galileo a un retraso de casi 6 años (y eso de momento) y a la pérdida de millones de euros de presupuesto público, presupuesto que los burócratas de la Unión manejan con demasiada alegría.

Si desde el principio se hubiera, no sólo aceptado, sino impulsado que los MoDs de los distintos países fueran parte del programa, el sistema Galileo estaría a unos meses de entrar a ser operativo. Pero en Europa tenemos ese infantiloide síndrome por demostrar lo “pacifistas” que somos, pacifismo que entre otras cosas nos lleva a permitir genocidios en suelo europeo a las puertas del siglo XXI, genocidio detenido sólo cuando EEUU decidió involucrar a la OTAN en el mismo.

No, Galileo no va a ser motivo de orgullo para los europeos. Como no lo son otras muchas cosas.

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